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Los íberos cortaban las cabezas de sus enemigos... y de las personas a las que veneraban

Arqueología

Investigadores de la UAB revelan que esa cultura tenía “especialistas” en el tratamiento de los cráneos que los preparaban con aceite de cedro y otros productos

Dos cráneos íberos con enormes clavos perforando el hueso 

Ana Jiménez / Propias

La ‘globalización’ mediterránea de finales del primer milenio antes de Cristo trajo las desigualdades sociales al noreste de la Península Ibérica. Y a medida que la violencia se fue extendiendo durante la Edad del Hierro, una aterradora práctica se hizo cada vez más popular: La decapitación.

Esta moda empezó a generalizarse en el siglo VI antes de Cristo, en un momento en el que la territorialización y los enfrentamientos alcanzaron nuevas cotas en la región que actualmente ocupa Catalunya (en sentido extenso). Los arqueólogos destacan que se ampliaron los asentamientos fortificados, crecieron el número de armas en los entierros y cada vez había más cadáveres con heridas sin curar, lo que implica que probablemente eran lesiones mortales.

Una práctica simbólica única

Los pueblos íberos, que se extendían desde la región costera de la Occitania francesa hasta Alicante, convirtieron el arte de cortar cabezas en una práctica simbólica única. Y esas calaveras acababan la mayoría de veces clavadas en las paredes de sus poblados. Algunas teorías proponían que eran reliquias protectoras. Otras indicaban que eran símbolos de poder e intimidación.

Investigadores de la Universitat Autónoma de Barcelona (UAB) y del Museu d’Arqueología de Catalunya, entre otras instituciones, afirman ahora en un nuevo artículo publicado en la revista Journal of Archaeological Science: Reports que ambas hipótesis son ciertas. Los íberos decapitaban a sus enemigos y también a las personas a las que veneraban.

Uno de los cráneos cortados encontrados en Ullastret 

Gabriel de Prado / MAC

Los expertos han analizado siete cráneos cortados procedentes de dos importantes yacimientos. Tres eran de la ciudad íbera de Ullastret y los otros cuatro del poblado de Puig Castellar. Lo primero que les llamó la atención es que algunos mostraban signos de haber sido tratados con aceite de cedro y otros productos químicos.

Según los autores del estudio, estas manipulaciones apuntan a “la existencia de especialistas o individuos con conocimientos específicos de las técnicas para esta preparación”. “Por ello, pensamos que se trataba de una actividad que se llevaba a cabo con cierta regularidad”, escriben.

Los íberos también cortaron cabezas de mujeres para convertirlas en trofeos 

Archivo

Rubén de la Fuente Seoane, arqueólogo de la UAB y primer autor del estudio, explica que los resultados obtenidos “revelan que los individuos (a los que decapitaron) en Puig Castellar y Ullastret no habrían sido seleccionados al azar”.

Las cabezas cortadas no se han encontrado en un solo lugar. “Principalmente, se han establecido tres espacios principales”, dicen. Había cráneos expuestos en las paredes de las casas, interpretados como enemigos o individuos que se enfrentaban a castigos. También se han descubierto en fosos, y se considera que son ofrendas. Por último, se han hallado en otros espacios domésticos y se cree que pertenecían a adversarios de mayor rango.

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Comparando los datos isotópicos de los dientes con los obtenidos de plantas y animales locales, los arqueólogos descubrieron que una de las cabezas de Puig Castellar era de un lugareño mientras que las otras tres pertenecían a individuos de sitios más lejanos. Las cuatro se encontraban en lugares de “gran exposición pública, como la puerta de entrada del asentamiento en la muralla”. Esto les ha llevado a considerar que representaban “trofeos de guerra” que tenían como objeto demostrar poder y coacción, tanto para la represión interna como hacia un grupo externo a la comunidad.

Panorámica aérea del yacimiento de Puig Castellar, en Santa Coloma de Gramenet 

Aj. SCdG

El asentamiento, situado en la actual Santa Coloma de Gramenet, era un enclave estratégico para vigilar y controlar el territorio. Su ubicación elevada (303 metros) permitía la supervisión de rutas comerciales y zonas de cultivo en la línea de costa, la desembocadura del Besós, el llano de Barcelona y las rutas interiores hacia el Vallès.

En Ullastret, dos cabezas resultaron ser locales, ambas expuestas en paredes o puertas de casas de una calle en medio de la ciudad. “Esto apoyaría la hipótesis que sugiere que los restos expuestos serían habitantes importantes del asentamiento, posiblemente venerados o reivindicados por la sociedad, tal vez asociados a grupos familiares o facciones rivales que competían por el poder”, escriben los autores del estudio.

Poblado íbero de Indica, hoy en día Ullastret, rodeado por el antiguo lago que fue desecado y convertido en campos de cultivo 

Colaboradores

Por el contrario, el tercer cráneo del poblado de l’Empordà pertenecía a un forastero y fue encontrado en una fosa externa a las murallas, lo que “podría alinearse con la teoría de que las cabezas [cortadas] de los ‘enemigos’ eran traídas como trofeo y almacenadas en cajas o pozos, una práctica documentada entre los galos del sur de Francia”, añaden.

En Ullastret, un importante centro urbano y político que se convirtió en el mayor asentamiento íbero de Catalunya, la ubicación de los cráneos en zonas expuestas sugiere, en cambio, que eran “habitantes importantes, venerados por la sociedad local”, concluyen.

Uno de los cráneos hallados en el yacimiento íbero de Ullastret 

Archivo

“La práctica de las cabezas cortadas se aplicaba de manera diferenciada en cada yacimiento, lo que parece descartar una expresión simbólica homogénea”, señala Rubén De la Fuente Seoane.

Estos hallazgos indican que las sociedades íberas de la Edad del Hierro mantenían redes de interacción más amplias de lo que se creía, probablemente vinculadas a conflictos bélicos, migraciones o alianzas políticas, lo que sugiere la presencia de forasteros en la región, desafiando las ideas previas sobre el aislamiento de estas comunidades.